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Vista aérea de la Central Nuclear Embalse. Foto, argentina.gob.ar (Presidencia de la Nación), Edición Zirconio.

Por qué Argentina no construyó una nueva central nuclear CANDU

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  • Entrada publicada:19.06.2026
  • Categoría de la entrada:ENERGÍA / TECNOLOGÍA
  • Tiempo de lectura:26 mins read

Por Santiago Pimentel,colaborador de Zirconio. Es ingeniero electrónico y jefe de División de Análisis Probabilístico de Seguridad Nivel 2 y 3 en Nucleoeléctrica Argentina (NA-SA), donde trabaja desde hace más de una década.

A lo largo de esta nota se usan dos siglas emparentadas que conviene no confundir. Los reactores de agua pesada presurizada se conocen por su sigla en inglés, PHWR (Pressurized Heavy Water Reactor), y el CANDU es el modelo de PHWR que desarrolló Canadá, que es el que utiliza Embalse. Atucha I y II también son PHWR, pero de un diseño alemán (Siemens-KWU). En resumen, todos los CANDU son PHWR, pero no todos los PHWR son CANDU.

Introducción

Argentina ocupa una posición singular dentro del mundo nuclear. Desde mediados del siglo XX construyó una estrategia tecnológica orientada a combinar autonomía industrial, formación de profesionales altamente calificados y capacidad de diseño propio. Sobre esa base, levantó un sector que abarca la minería de uranio, la fabricación de combustibles, la producción de agua pesada, reactores de investigación, centrales de potencia y empresas de ingeniería especializadas.

Inaugurada comercialmente en 1984, la Central Nuclear Embalse (CNE) utiliza tecnología CANDU (Canadian Deuterium Uranium), diseño canadiense dentro de la familia de los reactores de agua pesada presurizada, o, por sus siglas en inglés, PHWR (Pressurized Heavy Water Reactor). Estos reactores difieren de los PWR (Pressurized Water Reactor), hoy dominantes en el mundo en cuanto a que, mientras un PWR emplea agua liviana como moderador y refrigerante, y requiere uranio enriquecido, un PHWR como el CANDU utiliza agua pesada y puede operar con uranio natural. Esa diferencia, que a primera vista parece apenas técnica, arrastra consecuencias que moldean la política nuclear en nuestro país.

Durante décadas, buena parte del sector nuclear argentino sostuvo que la experiencia acumulada con Embalse le daba al país ventajas estratégicas frente a la alternativa de adoptar tecnología PWR. Esa visión alimentó la idea de construir una nueva central tipo CANDU con fuerte participación de la industria local, iniciativa conocida informalmente como “Proyecto Nacional”. Para muchos de sus impulsores, una nueva central CANDU podía representar una oportunidad excepcional para consolidar capacidades nacionales.

Sin embargo, esa central nunca se construyó. De aquí, el motivo de este artículo: si la tecnología era técnicamente conveniente y estratégicamente valiosa para el país, ¿por qué el Proyecto Nacional no llegó a concretarse? La respuesta involucra cuestiones técnicas, industriales, económicas y políticas que conviene desarmar una por una, empezando por entender qué es realmente un reactor CANDU y cuáles son las capacidades que Argentina logró a través de Embalse. 

La tecnología CANDU

La sigla CANDU (Canadian Deuterium Uranium) resume las dos características que definen al diseño: el uso de agua pesada (D₂O) como moderador y refrigerante, y el empleo de uranio natural como combustible.

El agua pesada se diferencia del agua común porque sus moléculas contienen deuterio en lugar de hidrógeno, un isótopo estable y más pesado. Desde el punto de vista nuclear, el deuterio tiene la propiedad de absorber muchos menos neutrones que el hidrógeno ordinario. En un reactor, los neutrones liberados en cada fisión son los que mantienen la reacción en cadena, y cuantos menos se pierdan por absorción, mejor se aprovecha el combustible. Esa economía de neutrones es la que permite sostener la reacción con uranio natural. Mientras un reactor PWR necesita combustible enriquecido al 3–5% de 235U, un reactor tipo CANDU puede funcionar con uranio natural, que contiene apenas 0,7% de 235U.

En cuanto a las diferencias de arquitectura de ambas tecnologías, en un PWR todo el combustible se concentra dentro de un único recipiente de acero y a alta presión. Ese recipiente está lleno de agua liviana que cumple dos funciones a la vez: refrigerar el núcleo (es decir, llevarse el calor) y moderar la reacción (“frenar” los neutrones para que mantengan la fisión).

En un reactor tipo CANDU, esas funciones (refrigerar y moderar) se reparten de otra manera. El combustible no está en un recipiente único, sino repartido en centenares de tubos horizontales, finos y resistentes, llamados tubos de presión. Por el interior de cada tubo circula el refrigerante, agua pesada caliente y a presión, que rodea al combustible y se lleva el calor. Esos tubos atraviesan un gran tanque, denominado calandria, lleno de más agua pesada que cumple la otra función: moderar la reacción. Esa segunda masa de agua pesada se mantiene fría y a baja presión, separada del refrigerante que corre por dentro de los tubos.

En resumen, un CANDU reemplaza el recipiente único del PWR por una matriz de muchos tubos individuales, y mantiene separadas el agua que refrigera y el agua que modera. Es esta disposición, y no el simple uso de agua pesada, la que distingue al CANDU de los PWR y de otros diseños dentro de la familia de los PHWR. 

Esta diferencia de diseño influye en múltiples aspectos operativos, económicos y de mantenimiento de la central.

La llegada de Embalse y las capacidades que dejó instaladas

La CNE fue construida en la provincia de Córdoba y comenzó a operar comercialmente en 1984. Hasta entonces, la experiencia argentina en generación nucleoeléctrica se concentraba en la Central Nuclear Atucha I, un reactor de diseño alemán (Siemens-KWU) que, si bien también pertenece a la familia PHWR, su combustible se aloja en un recipiente de presión, no en tubos. La llegada de Embalse sumó así una segunda línea tecnológica al país.

Primera criticidad del reactor de Embalse, 1984. Foto, Wikimedia Commons.

Su desempeño operativo fue sólido y, a lo largo de cuatro décadas, Embalse sostuvo un factor de carga cercano al 80%. Es decir que generó electricidad durante alrededor del 80%1 del tiempo, consolidándose como uno de los activos firmes del sistema eléctrico nacional.  Entre 2016 y 2019 se le realizó una extensión de vida, una obra de alrededor de 2.150 millones de dólares que reemplazó componentes críticos y le sumó cerca de tres décadas de operación adicional, y que fue la mayor de su tipo jamás ejecutada en una central CANDU-6.

La incorporación de Embalse no fue solo la de una central, sino la de toda una cadena industrial de proveedores nacionales a su alrededor. Durante su construcción y operación participaron numerosas empresas nacionales dedicadas a metalurgia pesada, ingeniería, instrumentación y control, automatización y servicios especializados. Esto fue posible gracias a que el acuerdo con Canadá incluyó la transferencia a la Argentina de la tecnología del reactor y de la fabricación de sus elementos combustibles, para su empleo en territorio argentino sin pago de regalías. Con los años esa cadena de proveedores alrededor de Embalse se consolidó y, por ejemplo, hoy el combustible de la central lo fabrica CONUAR (Combustibles Nucleares Argentinos), una empresa de propiedad mixta entre el grupo Pérez Companc y el Estado nacional a través de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). 

A esa capacidad se sumó la producción nacional de agua pesada, el insumo que un reactor de este tipo necesita como moderador y refrigerante. Argentina levantó en la localidad de Arroyito, provincia de Neuquén, la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP), que en su pico llegó a producir unas 200 toneladas anuales grado reactor. Para tomar dimensión de ello, el conjunto de las centrales nucleares argentinas (Atucha I, Atucha II y Embalse) consume apenas entre 15 y 20 toneladas por año, de modo que la planta superaba largamente la demanda interna y llegó a exportar, sobre todo a Canadá. Sin embargo, la PIAP se encuentra parada desde 2017 y hoy el país debe importar este insumo.

Planta Industrial de Agua Pesada, Arroyito, Neuquén. Foto, ENSI.

Embalse insertó al país en la comunidad internacional de la tecnología. Desde 1986 la central integra Conexus Nuclear Inc. (ex CANDU Owners Group, COG), una organización sin fines de lucro que reúne a los operadores de reactores CANDU del mundo para compartir experiencia operativa, soluciones técnicas y programas conjuntos de investigación y desarrollo2. Al día de hoy, se operan 26 reactores CANDU3, repartidos entre Canadá  (17), Corea del Sur (3), China (2), Rumania (2), India (1) y la Argentina (1).

Las ventajas de CANDU, en dos planos

Con la tecnología y el ecosistema ya descriptos, se puede pensar por qué tantos especialistas veían en el CANDU una opción conveniente para la Argentina. En principio, conviene separar dos planos que suelen mezclarse: las ventajas técnicas, propias de la física y la ingeniería del reactor, y las ventajas estratégico-industriales, ligadas a la autonomía y al desarrollo productivo del país.

Ventajas técnicas

  • Economía neutrónica: Como se explicó, el agua pesada absorbe muy pocos neutrones, lo que le da al CANDU una eficiencia en el uso de neutrones superior a la de un reactor de agua liviana. Esa economía es la base de varias de sus particularidades, ya que es lo que permite sostener la reacción con uranio natural, sin enriquecer, y lo que habilita, en principio, a operar con combustibles de bajo enriquecimiento y a extraer más energía de una misma cantidad de uranio.
  • Recarga en potencia: Otra característica distintiva frente al PWR es la posibilidad de reemplazar combustible con el reactor en operación. Un PWR debe detenerse periódicamente para recargar; un CANDU, gracias a su diseño en tubos de presión individuales, permite que máquinas de recambio inserten y extraigan elementos combustibles en línea, sin necesidad de apagar la central.
    Este punto, de todas maneras, conviene no sobredimensionarlo. Las centrales de Atucha, también de la familia PHWR, comparten esta capacidad, y en la práctica un PWR moderno optimiza tanto sus paradas programadas que el factor de carga final termina siendo comparable.
    Entonces, la ventaja frente al PWR es real en flexibilidad operativa, pero no se traduce de manera automática en más generación.
Colocación de tubos de presión en la calandria de Embalse. Foto, Wikimedia Commons, edición Zirconio.
  • Flexibilidad de combustible: En teoría, el CANDU es uno de los reactores comerciales más versátiles en este terreno. Además de uranio natural, puede operar con uranio levemente enriquecido, uranio reprocesado, combustible MOX o incluso torio en ciertas configuraciones. En la práctica argentina, sin embargo, esa flexibilidad fue más potencial que real. Embalse funcionó siempre con uranio natural y, aunque en algún momento se evaluó pasar a uranio levemente enriquecido, se concluyó que no era rentable. Es una ventaja de la línea CANDU en abstracto, más que una palanca que el país haya aprovechado.

Ventajas estratégico-industriales

  • Uranio natural e independencia del enriquecimiento: es probablemente la ventaja más citada. Un país que opera reactores PWR necesita uranio enriquecido, un insumo que provee un puñado reducido de naciones y empresas en el mundo. Un CANDU, en cambio, funciona con uranio natural y elimina ese eslabón crítico de la cadena. En la medida que Argentina no enriquezca uranio a grado y escala comercial, un CANDU se traduce en una dependencia externa mucho menor.
  • Experiencia acumulada: alrededor de sus centrales, la Argentina desarrolló conocimientos y una cadena de proveedores que hoy le dan cierto grado de soberanía tecnológica. Así lo avalan décadas operando Embalse y Atucha, fabricando su combustible, produciendo agua pesada y, sobre todo, ejecutando con capacidad propia un proyecto tan complejo como la extensión de vida de la CNE. Ese saber hacer es, en sí mismo, un activo que no es fácil de replicar.
Tubos de presión laminados en la PPFAE (CNEA) para la extensión de vida de Embalse, primera vez que se fabricaron fuera de Canadá. Foto, CNEA.
Tubos U para centrales tipo CANDU, fabricados por la empresa CONUAR-FAE. La empresa ha exportado estos tubos a Canadá y la India. Foto, CONUAR.
  • Impulso a la industria nacional: suele señalarse que una central de este tipo dinamiza la industria local. En la construcción y operación de Embalse participaron numerosas empresas argentinas de metalurgia pesada, ingeniería, instrumentación y servicios especializados. Conviene, sin embargo, ser cuidadosos con este argumento. Cualquier gran central nuclear, como se vio con Atucha II, moviliza un entramado industrial parecido. El dato más concreto y específico es la extensión de vida de Embalse, que demostró que el país podía ejecutar un proyecto nuclear de alta complejidad. Cuánto de ese beneficio industrial se sostiene en términos económicos reales es una pregunta que conviene dejar planteada, y a la que volveremos sobre el final.
Generadores de vapor para la Central Nuclear Embalse, construidos por IMPSA. Foto, IMPSA.

Seguridad y no proliferación

Sobre la tecnología CANDU pesó durante mucho tiempo la etiqueta de “insegura”. Conviene desarmarla, porque mezcla dos preocupaciones de naturaleza distinta: una sobre proliferación nuclear y otra sobre la seguridad del reactor.

Proliferación: La primera preocupación, dominante durante la Guerra Fría, era de proliferación. A algunos analistas les inquietaba que un reactor de uranio natural pudiera ser adoptado por países con infraestructura nuclear limitada y produjese plutonio que podía separarse mediante reprocesamiento para usos no pacíficos. El caso más citado es el de la India. El plutonio de su primera prueba nuclear, en 1974, provino del CIRUS, un reactor de investigación moderado con agua pesada que Canadá le había suministrado años antes. El episodio llevó a Canadá a cortar la cooperación nuclear con la India, incluidos los reactores CANDU de potencia que entonces estaban en construcción, y a endurecer drásticamente sus controles de exportación4.

Hoy en día, cualquier central de potencia opera bajo salvaguardias internacionales que vuelven ese escenario incomparablemente más controlado. Y, por otro lado, Argentina ha impulsado su programa nuclear desde sus inicios con fines pacíficos. 

Seguridad del reactor:

  • El coeficiente de vacío: Los reactores CANDU tienen lo que se llama un coeficiente de reactividad por vacío positivo. Para entenderlo, hay que retomar la distinción de diseño mencionada previamente. En un CANDU, el refrigerante y el moderador son dos masas de agua pesada separadas. Si ocurre un accidente de pérdida de refrigerante (lo que en la jerga se llama LOCA – Loss of Coolant Accident), aparecen burbujas de vapor en el refrigerante. Como ese refrigerante también absorbía algunos neutrones, al perderse quedan más neutrones libres; y como el moderador está separado y no se pierde, esos neutrones siguen siendo moderados. La combinación de ambos efectos hace que, en ese instante, la reactividad tienda a aumentar en lugar de bajar.
    Un PWR se comporta al revés. Como allí el agua es a la vez refrigerante y moderador y están una misma vasija, perder refrigerante implica perder moderador, y la reacción en cadena tiende a apagarse sola. Por eso los críticos comparaban desfavorablemente al CANDU con los reactores de agua liviana. La comparación, sin embargo, omite los contrapesos que el diseño CANDU incorpora. Por un lado, dispone de sistemas de parada rápida independientes y redundantes, pensados justamente para cortar la reacción ante una excursión de potencia. Por otro, un factor físico que juega a favor es el tiempo de vida del neutrón o el neutron lifetime.
  • El neutron lifetime como contrapeso: En un CANDU, por las características del agua pesada, el tiempo que transcurre entre que un neutrón nace en una fisión y provoca la siguiente es considerablemente más largo que en un PWR. Esto tiene dos consecuencias. La primera es que la dinámica del reactor es más lenta y previsible: un aumento de potencia se desarrolla de forma más amortiguada, lo que da a los sistemas de control y seguridad un margen de tiempo para detectar el desvío y actuar. La segunda consecuencia es la que más importa para la seguridad. Cuando en un accidente de pérdida de refrigerante la reactividad empieza a subir por el efecto de vacío que se describió, no lo hace de forma violenta sino de manera relativamente lenta. Ese ritmo más pausado les da a los sistemas de parada (la inyección de veneno neutrónico y las barras de control) el tiempo que necesitan para entrar y cortar la reacción antes de que la potencia se descontrole. Dicho de otra manera, el coeficiente de vacío positivo empuja la reactividad hacia arriba, pero el tiempo de vida largo del neutrón hace que ese empujón sea lo bastante gradual como para frenarlo a tiempo.

Más allá de la teoría, el desempeño en seguridad de las centrales se mide y es trazable. La industria usa, entre otros indicadores, el WANO PI Index, que combina una serie de parámetros operativos y de seguridad en una escala comparable entre centrales de todo el mundo. Embalse mejoró marcadamente su posición en ese tipo de mediciones en los últimos años5

El “Proyecto Nacional”

Durante años, sectores de la comunidad nuclear argentina impulsaron la construcción de una nueva central CANDU. El argumento de fondo era que, después de décadas operando Embalse, el país estaba en condiciones de participar mucho más activamente que antes en el diseño, la construcción y la provisión de componentes de una central nueva. 

A comienzos de la década de 2010, esa idea tomó forma dentro de un plan de expansión del parque nuclear que contemplaba dos centrales: una basada en tecnología china, el reactor Hualong One, un PWR ofrecido llave en mano, que se conocería como Atucha III; y otra basada en tecnología CANDU6, conocida informalmente como Proyecto Nacional.  

Los objetivos que se le atribuían eran ambiciosos y, sobre todo, más estratégicos que meramente energéticos: expandir la generación nucleoeléctrica, sí, pero también incrementar la participación industrial nacional, sostener capacidades, generar empleo calificado, consolidar la cadena de proveedores, mantener competencias de ingeniería y fortalecer la autonomía tecnológica. La propuesta buscaba convertir décadas de aprendizaje acumulado en una nueva etapa de desarrollo.

El rasgo más atractivo del proyecto era, justamente, el alto grado de integración local previsto. Cuanto mayor fuera la porción del gasto que permaneciera dentro de la economía, mayor sería el efecto multiplicador en empleo calificado, formación de técnicos e ingenieros y demanda para la industria metalúrgica y de ingeniería. Conviene aclarar que, aunque existían porcentajes oficiales de integración local del orden del 55% para la central CANDU7, esas cifras (que describen cuánto del gasto se haría en el país) no equivalen a un análisis de costo-beneficio que demuestre el retorno económico real del proyecto. 

El proyecto del CANDU tuvo, además, su propio vaivén. Llegó a ser cancelado en 2018, cuando se reformuló el plan de nuevas centrales dejándolo afuera, y fue recuperado en 2021, cuando una asamblea de accionistas de NA-SA anuló esa cancelación y lo reincorporó al plan. Poco después, sin embargo, volvió a frenarse.

Por qué no se concretó

Si la tecnología tenía sentido, ¿por qué la quinta central CANDU nunca se construyó? Fue la suma de varios factores, principalmente económico-financieros y políticos.

El primer obstáculo fue el costo. Una central nuclear demanda una inversión inicial de varios miles de millones de dólares y, por más que la industria argentina pudiera fabricar buena parte de los componentes, el país necesitaba igualmente financiamiento externo para iniciar la inversión. En este caso, mientras la central de diseño chino contaba con financiamiento de la banca estatal de ese país, que llegó a comprometer hasta el 85% de un proyecto estimado en torno a los 8.000 millones de dólares, el Proyecto Nacional no tenía detrás una oferta financiera comparable. 

A esa falta de financiamiento se sumaba el contexto macroeconómico argentino. Entre el 2010 y el 2020 el país atravesó, en distintos períodos, restricciones externas, escasez de divisas, dificultades de acceso al crédito internacional y un riesgo país elevado. Una central nuclear recupera su inversión recién después de varias décadas, lo que obliga a comprometer recursos por plazos mucho más largos que un mandato presidencial. Una exigencia difícil de sostener en las condiciones de la Argentina, una economía inestable y con prioridades cambiantes entre ciclos presidenciales.

Por otro lado, hay un cambio en el propio mercado de la tecnología. Cuando se construyó Embalse, el CANDU tenía una presencia internacional mucho más fuerte. Con el tiempo, el mercado nuclear se consolidó alrededor de los reactores de agua liviana y, al día de hoy, más del 80% de los reactores comerciales del mundo pertenecen a esa familia. Se construyeron menos CANDU, se achicó su cadena global de suministro y los proyectos nuevos se volcaron hacia diseños PWR estandarizados. Eso vuelve una apuesta CANDU más solitaria y, en cierto sentido, a contracorriente.

Por último, el propio atractivo del proyecto, su alta participación de la industria local, era también una fuente de complejidad. Coordinar cientos de empresas, calificar proveedores, desarrollar componentes y resolver ingeniería adicional genera capacidades muy valiosas a largo plazo, pero a corto plazo agrega costos, plazos y riesgos de coordinación. Una central llave en mano, comprada a un proveedor extranjero, ofrece en cambio costos más previsibles, cronogramas más definidos y un responsable principal claramente identificado. Frente a un Estado con poco margen financiero, esa previsibilidad pesaba.

El segundo obstáculo fueron los factores políticos. El Proyecto Nacional no se frenó solo por razones económicas. Sobre esa base se montaron decisiones políticas que terminaron de inclinar la balanza, y que respondieron a lógicas distintas.

La primera tiene que ver con el contexto geopolítico. El financiamiento de la nueva central estuvo, desde el inicio, ligado a la cooperación con China, que era también el socio de la cuarta central. A medida que se profundizaban las tensiones entre China y Occidente, y que el país fue reacomodando sus alineamientos internacionales, las negociaciones con Beijing se enfriaron. Como el componente financiero chino alcanzaba también a la opción CANDU, ese enfriamiento le quitó una de sus patas de financiamiento.

La segunda lógica fue fiscal. La expansión del parque nuclear coincidió con períodos de fuerte ajuste y de acuerdos con el Fondo Monetario Internacional. En ese marco, comprometer al Estado en una inversión de varios miles de millones de dólares para obra pública resultaba difícil de justificar frente a metas de reducción del déficit y de contención del endeudamiento. La prioridad asignada al equilibrio de las cuentas públicas dejó poco lugar para un proyecto de esta escala y de retorno tan diferido.

A esto se sumó un cambio de paradigma tecnológico. Desde sectores del propio Estado se argumentó que, en lugar de invertir en replicar una tecnología extranjera de gran escala, convenía concentrar esfuerzos en los reactores modulares pequeños (SMR). En este terreno, Argentina cuenta con un prototipo de desarrollo propio, el CAREM-25. Bajo esa mirada, una nueva central CANDU de potencia aparecía como una apuesta menos alineada con la dirección que tomaba la industria nuclear mundial.

Por último, también pesó el modelo de organización del sector nuclear. El Proyecto Nacional suponía un rol central del Estado y un fuerte respaldo de Nucleoeléctrica Argentina (NA-SA). A medida que ganó terreno una orientación que prioriza la iniciativa privada y discute el rol empresario del Estado, incluida la eventual privatización o concesión de activos de NA-SA, los proyectos de capital intensivo enteramente estatales perdieron sustento dentro de la agenda de gobierno.

A todos estos factores se agregó uno estructural de la Argentina que es la falta de continuidad de políticas de largo plazo. Un proyecto nuclear necesita sostenerse durante más de una década, y el Proyecto Nacional atravesó gobiernos con prioridades muy distintas, que alternaban entre impulsar la expansión nuclear, volcarse a las energías renovables o al gas, o concentrarse en el ajuste fiscal. Cada cambio de signo político reabría la discusión y postergaba la decisión.

Hubo, además, un factor que descomprimió la urgencia: la extensión de vida de Embalse. Al renovar la central y sumarle décadas de operación, ese proyecto cumplió de manera parcial algunos de los objetivos que perseguía el Proyecto Nacional (mantener capacidades, conservar conocimiento especializado, sostener proveedores y desarrollar ingeniería local), lo que restó fuerza al argumento de construir una central nueva.

Conviene notar, además, que ni siquiera la opción china terminó concretándose. El contrato de construcción de Atucha III se firmó en 2022, pero nunca llegó a entrar plenamente en vigencia, porque el contrato financiero que debía cerrarse en pocos meses no se concretó. A partir de allí se sucedieron prórrogas y demoras, primero por las dificultades de financiamiento y después por el reacomodamiento de las prioridades y los alineamientos internacionales del país, hasta que las negociaciones quedaron frenadas. Más que una cancelación formal, lo que hubo fue una parálisis que se arrastra hasta el día de hoy. La discusión sobre Atucha III lleva abierta casi una década y atravesó tres gobiernos de distinto signo político. 

En definitiva, el Proyecto Nacional no se frustró por un defecto de la tecnología, sino por la convergencia de un costo elevado sin financiamiento firme, una macroeconomía frágil, un mercado internacional volcado al PWR y una sucesión de decisiones políticas que, por motivos diversos, fueron quitándole prioridad.

Conclusión

En este artículo intentamos recorrer qué es realmente la tecnología CANDU, qué capacidades dejó instaladas Embalse en la Argentina, qué ventajas ofrecía frente a la alternativa PWR y por qué, pese a todo ello, el llamado Proyecto Nacional nunca llegó a construirse. De ese recorrido se desprende que el fracaso del proyecto no fue técnico. La tecnología funciona y las capacidades existen; lo que faltó fue financiamiento firme y una decisión política sostenida en el tiempo, independientemente del color político del gobierno de turno.

Conviene, llegados a este punto, ser claros para no caer en un entusiasmo fácil. Sostener que el CANDU era la opción conveniente no equivale a decir que sea la única tecnología posible para la Argentina, ni que lo sea para siempre. Es decir, si el país tuviera que decidir hoy la construcción de una central, en las condiciones actuales, la opción CANDU/PHWR sería la más razonable; sencillamente porque es la que ya se conoce, porque tenemos el know-how alrededor de la tecnología y el derecho a emplearla sin pagar regalías a Canadá. 

Eso no cierra la puerta a un PWR en el futuro, aunque conviene separar dos dimensiones. Hoy, como el PWR es la tecnología más difundida del mundo, el mercado de combustible enriquecido es amplio y competitivo, y la mayoría de los países que operan reactores de agua liviana se abastecen sin mayor inconvenientes aunque no enriquezcan en su territorio, así que el suministro no es una limitación actualmente. Para la Argentina de hoy, la cuestión tiene que ver con la autonomía, porque un parque CANDU de uranio natural sostiene una cadena de combustible con más participación nacional, mientras que un parque PWR ataría la etapa del enriquecimiento a proveedores externos.

Hacia adelante queda una pregunta abierta, porque si la demanda mundial de energía nuclear crece como se proyecta, el enriquecimiento podría volverse un cuello de botella, y no dominar el ciclo completo dejaría al país más expuesto.

Todas esas definiciones, qué tecnología conviene construir y cuándo, pueden seguir demorando años. Mientras tanto, lo que no puede ocurrir es que las capacidades construidas alrededor de Embalse queden a la espera de una central que tal vez nunca se financie; porque un saber hacer que no se usa termina por dispersarse. Quizás la discusión más útil hoy no sea cuándo se construye la próxima central, sino cómo se mantiene viva esa capacidad, ya sea sosteniendo proyectos como la extensión de vida u ofreciendo servicios al resto de la flota CANDU mundial.

Embalse ya viene haciéndolo, porque recientemente concretó la primera exportación argentina de componentes para reactores CANDU, unos tapones de blindaje de salida con restrictor de flujo que le vendió a la canadiense Candu Energy (hoy parte de AtkinsRéalis), y ofrece la experiencia de su extensión de vida, la mayor jamás realizada en una CANDU-6 y la primera en incluir el reemplazo de los generadores de vapor8.

Tapones de blindaje de salida con restrictor de flujo exportados a Canadá. Foto, NA-SA.

De esta manera, si algo dejó Embalse, además de la electricidad, son las capacidades tecnológicas. Esas capacidades siguen siendo uno de los activos más valiosos del sector nuclear argentino, y aunque la discusión sobre si conviene retomar alguna vez una nueva línea CANDU seguirá abierta, lo que no debería quedar en duda es que esa capacidad, una vez construida, no se puede dejar enfriar.

Notas

1 Según la base de datos del PRIS del OIEA, el factor de carga a lo largo de toda la historia de Embalse es del 73,6%, ya que ese promedio incluye los años en que la central estuvo fuera de servicio por su extensión de vida. Medido solo sobre los años en que efectivamente operó, ronda el 80%. Fuente: Power Reactor Information System https://pris.iaea.org/PRIS/CountryStatistics/ReactorDetails.aspx?current=4 
2 Por ejemplo, cuando la CNE necesitó capacitación en simuladores de manejo de combustible, recibió apoyo de otras centrales de la red CANDU a través de esta organización. Conexus administra uno de los mayores programas conjuntos de I+D del ecosistema CANDU. Además, se validan soluciones colectivamente y luego se implementan en varias plantas. Para Argentina, esto significa acceder a desarrollos que serían mucho más costosos que si se realizan exclusivamente con recursos propios. Se aprovecha así la experiencia acumulada de toda la flota CANDU mundial en lugar de que cada operador resuelva los problemas por separado.
3 Se cuentan aquí los reactores CANDU de diseño canadiense. India desarrolló, a partir de esa tecnología transferida en los años sesenta, una línea propia de reactores PHWR (los IPHWR). Hoy cuentan con 18 unidades en operación que no se contabilizan como CANDU. Fuente: Power Reactor Information System https://pris.iaea.org/pris/.
4 Fuente: Hurtado de Mendoza, Diego. El sueño de la Argentina atómica: política, tecnología nuclear y desarrollo nacional. 1945- 2006. – 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Edhasa, 2014.
5 El ranking comparativo de WANO es de carácter confidencial entre los operadores de centrales nucleares, de modo que no se publican los valores individuales de cada central.
6 El orden de prioridades fue cambiando con el tiempo. En una primera instancia, el CANDU figuraba como la cuarta central y el Hualong como la quinta, pero luego se invirtió.
7 Fuente: Nucleoeléctrica Argentina S.A., Resumen Plan Estratégico 2021-2030, versión 1.0.
8 Embalse no fue el primer CANDU al que se le reemplazaron los generadores de vapor (sí el primer CANDU-6), ya que entre 2006 y 2008 las centrales canadienses Bruce Unidades 1 y 2 retiraron y reemplazaron un total de 16 generadores de vapor (8 por unidad). No obstante, Bruce no es de diseño CANDU-6, y los generadores de vapor son “módulos” verticales que se conectan en la parte superior a un único y enorme domo de vapor horizontal compartido. Cuando se extendió la vida de Bruce 1 y 2, se cortaron y extrajeron únicamente las secciones inferiores (los tubos en U degradados), dejando el gigantesco domo horizontal original intacto y reutilizándolo. En definitiva, el reemplazo de generadores de vapor de Embalse fue de mayor envergadura y el primero en un CANDU-6.